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miércoles, 16 de octubre de 2013

De Restaurantes
Vietnam
Calle Huertas, 4 Madrid

Explorando la nostalgia de los sabores vietnamitas 


Cuando me preguntan cuál es mi comida favorita me cuesta responder porque soy una auténtica "yonqui" de sabores y sobre todo de variedades gastronómicas asiáticas. Sin embargo, siempre termino por responder lo mismo: “comer en Vietnam fue lo mejor que le ha pasado a mi paladar desde que nací”. Hace algunos años que no he vuelto a ese maravilloso país pero su enorme generosidad culinaria hace que lo recuerde cada día.


Me enteré de que habían abierto en Madrid un restaurante auténticamente vietnamita, cuyo nombre no podía ser otro que el de Vietnam, y no me pude resistir a la tentación de ir inmediatamente. Hasta el momento solo conocía algunos de Barcelona y el Café Saigón en Madrid, que de vietnamita tiene tan solo uno o dos platos como mucho, dentro de una oferta muy parecida a los restaurantes asiáticos de alto standing de la capital. 

Vietnam es un local regentado por un exsocio del archiconocido restaurante Sudestada. Se trata de un restaurante pequeño de unas 12 mesas y muy sencillo, ubicado en la calle Huertas nº 4, muy cerca de la Plaza de Santa Ana. Su carta, acorde con su propuesta decorativa modesta, solo tiene tres entrantes, cinco segundos y dos postres. Del primer grupo probé los Nem Tom, conocidos como rollitos vietnamitas y hechos de papel de arroz frito relleno de cerdo picado, brotes de soja y gamba. Como es habitual lo sirven acompañado de hojas de lechuga y menta fresca para envolverlos con brotes de soja y una salsa de pescado para mojar a medida que se come. Increíblemente buenos y en su punto crujiente. Acompañé la entrada con unos cuadraditos de arroz crocante con cerdo seco y pasta de cerdo para untar. Resultaron de una textura impecable y una combinación de sabores armoniosa aunque le faltó cierta fuerza a la pasta de cerdo que sin duda, hubiera hecho que el bocado sorprendiera.

Como platos principales me decanté primero por una base de fideos crocantes, salteado al wok de vegetales, cerdo y salsa de cacahuetes. Nuevamente el punto de cocción incuestionable, los fideos hacen honor al nombre del plato, una tarea difícil para la mayoría de los restaurantes sudasiáticos que conozco en Madrid. Aunque el sabor a cacahuete dota de cierto exotismo al plato, eché de menos contundencia en los sabores, más si se toma en cuenta que la cocina vietnamita suele tener mucha fuerza en el emboque gracias a los ingredientes que utiliza, entre ellos uno casi omnipresente en todas sus especialidades, el Nuoc Mam. Utilizado como sustituto de la sal, también tildado como el orgullo de la cocina vietnamita, es una salsa de pescado fermentada muchos meses en recipientes de cerámica que añadido en la medida adecuada consigue dotar de cuerpo a los alimentos. En el caso de los fideos no encontré este sabor que sea cual sea la región de Vietnam donde se coma aparece, incluso en Hanoi donde se puede decir que hay una cocina más sencilla de influencia mongol muy dada a los salteados, característica propia de este plato.

A continuación degusté el Pho Bo, un plató que en Vietnam se toma mayoritariamente para desayunar y que es una de mis deidades gastronómicas. Se trata de una sopa que se sirve en un bol y que consiste en un caldo de carne de ternera con trozos de ternera, (hay variaciones con todo tipo de ingredientes pollo, albóndigas, corazón, etc.) , fideos de arroz y cebollino, cebolla blanca, ngo gai (un tipo de cilantro), menta, albahaca, lima, limón, brotes de soja y pimienta. Estos últimos ingredientes se sirven separados y se añaden al gusto además de la salsa hoisin, elaborada con soja fermentada, ajo, vinagre, chile y salsa de pescado.

Lo cierto es que es un plató popular en todo el país y muy típico de Hanoi, donde hay cientos de puestos callejeros que lo sirven, solo basta caminar por las calles y escuchar el sonido del golpe constante entre dos palillos para saber que hay un vendedor dispuesto a ofrecernos su sopa caliente. El resultado de la propuesta del restaurante Vietnam no está mal, de hecho posiblemente volveré a comerla pero nuevamente adolece de energía. La cocina vietnamita se caracteriza por despertar las papilas gustativas sin la ayuda del picante y con propuestas ligeras, en este sentido el Pho Bo del Vietnam me gustó pero no me dejo sin respiración.

Los postres consistieron en un vasito de tarta de queso con una mermelada de maracuyá y galleta en el fondo y un lassi (yogur) de mango con lichis, un fruto de un árbol de origen chino. Correctos, sin nada que destacar. El precio muy asequible, unos 28 euros por persona y la atención excelente de la mano de un camarero venezolano que transmitió emoción mientras recitó y sirvió cada plato.

Me parece un gran acierto contar con un restaurante como Vietnam. Volveré a visitarlo porque a pesar de mis críticas, de ánimo constructivas, creo que a diferencia de otros locales merece una segunda y una tercera oportunidad. Mi recomendación sería reforzar los sabores y no conformarse con propuestas que complazcan a comensales sin experiencia en la cocina vietnamita o a paladares occidentales. Creo que sus propietarios, José Luis España y el chef Tien, tienen un reto importante. Para ello debe dar un salto más arriba que pasa por dotar de fuerza la sapidez de los platos y ampliar algo más la carta, una labor que no tiene porque ser del todo difícil ya que cuenta con verdaderos cocineros vietnamitas, todo un lujo que no deben desaprovechar.

martes, 9 de agosto de 2011


De restaurantes:
El Paraguas

Jorge Juan, 16
(Madrid)

Recetas asturianas de siempre que se atreven a innovar con acierto

A partir de recetas tradicionales asturianas, El Paraguas propone platos con una elaboración magistral y toques muy personales de su chef Sandro Silva, quien junto a su mujer, Marta Seco, regentan este local que se ha convertido en uno de los restaurantes más famosos de Madrid y en el que reservar una mesa requiere muchos días de antelación.

Frecuentado por una clientela elitista, entre la que cabe destacar la familia real, el restaurante -abierto desde 2004- lleva el nombre de la plaza ovetense donde se conocieron sus dueños, un romántico comienzo para un restaurante que enamora a la mayoría de aquellos que tienen la oportunidad de probar sus propuestas culinarias y que en el año 2010 ganó los Premios La Cazuela como la mejor innovación en cocina.

El restaurante, emplazado en un antiguo palacete del barrio de Salamanca, tiene una decoración clásica, elegante y cálida. Ofrece platos inspirados en especialidades usuales de la mesa asturiana, con materias primas impecables, pero que se atreven a retar a las fórmulas tradicionales con revisiones de autor que incorporar ingredientes insólitos y aportan originalidad. Un ejemplo son las impresionantes fabes con centollo en cuyo guiso sorprende el protagonismo de la albaca en un primer plano de degustación y su carácter contundente pero nada pesado.

Tras el refrescante y sabrosísimo aperitivo de la casa, un gazpacho de fresa con langostinos, nos enfrentamos a una suculenta variedad de entrantes. Ineludible dejar de probar las colmenillas (una seta de apariencia indescifrable pero muy reputada por su textura y sabor) rellenas de foie, flameadas y rociadas con una suntuosa crema de leche. Del resto de opciones despuntan los oricios (erizos) gratinados, las croquetas de fabada, el tartar de atún con caviar de salmón y los buñuelos de bacalao con miel de caña.

Entre los segundos, la especialidad de la casa son los guisos: fabes con almejas o con centollo, fabada asturiana, verdinas (un tipo de fabe asturiana que se recolecta de forma temprana) con bugre -bogavante- y las patatas con langostinos.


Las propuestas de pescado resultan altamente estimulantes con el pixin -rape- a la asturiana como rey de la carta-. Ligeramente marcado conserva su jugosidad al máximo, se presenta arropado por una especie de pisto y consigue que el comensal tenga una experiencia absolutamente deslumbrante en presentación y sabor. Tampoco hay que olvidarse de la merluza a la sidra con compota de manzana, el taco de atún a la mostaza dulce y la lubina con caviar de oricios, por nombrar solo algunas de las joyas del menú.

La selección de carnes de El Paraguas también resulta muy sugerente. Uno de sus platos más aclamados son las albóndigas de rabo de toro pero imposible olvidarse del cochinillo confitado y del cachopo de solomillo de ternera con pimiento verde, cebolla caramelizada, jamón y queso. En el apartado de sugerencias del chef se incluyen milhojas de cordero lechal, caldereta de pescado, patatinas con trufa negra y la lasaña de centolla, entre otros.

Un pecado sin perdón sería dejar de probar los postres en los que destacan la crema de arroz con leche, una finísima tarta de manzana con helado de chocolate blanco y una propuesta de chocolate llamado Reina de Saba.

Su carta de vinos es muy completa con una interesante gama de referencias que incluye grandes reservas españoles, una extraordinaria selección de cavas y champagnes y una no muy frecuente oferta de vinos dulces.

El servicio estupendo y los precios elevados, como suele ser habitual en los restaurantes de la zona de esa categoría, unos 80 euros por comensal, pero recomendable para aquellos que busquen experiencias gastronómicas dignas de recordar por su calidad y sobre todo por su sinceridad creativa.

martes, 5 de julio de 2011



De restaurantes:
Baobab

Cabestreros, 1 (Madrid)

Guisos senegaleses que conquistan
el paladar y el bolsillo


No es la primera vez que degusto la comida senegalesa. En un post anterior tuve la oportunidad de contar mi experiencia en Touba Lampfall , otro local del barrio de Lavapiés que se ha convertido en la meca de la migración moderna. Siempre que paseo por sus calles experimento un placer sinestésico y me dejo llevar por los colores, olores y sabores de esa especie de Torre de Babel estimulante que brinda una exposición de miradas, atuendos y filosofías.

La zona es un escaparate de trenzas africanas; trajes como batiks; Waxs; baubous, con impactantes estampados, y de transeúntes paquistaníes, indios, bagladesíes, marroquíes, argelinos, libios y latinoamericanos, entre muchas otras nacionalidades, que han hecho de la antigua judería un centro de fusión irresistible también para los glotones.

Baobab (nombre de un árbol muy grande protagonista de mitos y leyendas, arraigadas en la memoria africana) es un pequeño restaurante que hasta hace no mucho tiempo estaba frecuentado casi en exclusiva por africanos. Situado entre el cruce de Cabestreros y Mesón de Paredes, tiene un sencillísimo comedor interior y dispone de una terraza muy agradable y abierta incluso en invierno. Sencillo hasta la máxima consecuencia, ofrece menos de 12 platos, todos abundantes, sustanciosos y con un toque ligeramente especiado que estimula las papilas gustativas y cuyos adjetivos más acertados son sabrosos y nutritivos.

Una de las especialidades más demandas es el Thiebou, arroz senegalés de grano muy pequeño y consistencia muy diferente a los sabores conocidos, que tiene varias versiones Thiebou Dienne (con pescado y verduras, entre las que destacan el pimiento, zanahoria, col y yuca), Thiebou Yapp (con carne y verduras) o simplemente Thiebou vegetal. El resultado es una ración enorme de arroz amarillo coronada por un guiso en el que predominan la cebolla, el ajo, el tomate, la mostaza y la salsa de limón con un ligero sabor agridulce impactante.

Otros de los platos del Baobao son el Yassa au poulet, arroz blanco con pollo marinado en salsa de cebolla; el mafe, arroz blanco con carne en salsa de cacahuete; el Chou, carne en salsa de tomate marinada con arroz blanco, y uno de mis preferidos el Thiere , compuesto por cuscús negro acompañado de un estofado de carne y verduras que no deja indiferente a nadie que lo pruebe. Para los amantes de las sopas, la Kandia es una elección imprescindible y exótica que combina salsa de pescado, aceite de palma y fruto de ocra y que se sirve con arroz blanco.

Para los menos arriesgados, el local también ofrece brochetas de pollo; Dibi -chuletas de cordero con ensalada y patatas fritas- y Firir -pescado con ensalada- pero no creo que sea la opción más interesante si se visita un sitio como éste. Sin duda, los guisos y los estofados son los platos que hay que saborear si se quiere probar la extraordinaria sazón senegalesa. Éstos tienen un toque único gracias a ingredientes como el ocra -cuyo fruto es útil para espesar y se combina bien con tomate, cebolla, pimiento, ñame, así como con curry, coriandro, orégano, limón, vinagre, cardamomo, nuez moscada y otras especies que son ingredientes muy usuales en la cocina de esta parte del mundo.

Los senegaleses casi siempre utilizan en sus guisos el aceite de cacahuete y el de palma, frecuentemente las bayas de nététou, el cani -un pimiento aromático que se deja sólo un rato en la olla- y el tamarindo, que añade un sabor algo ácido y que le da un toque magistral a sus comidas.

Los platos del Baobab rondan los 7 euros, sin duda un precio muy atractivo para una experiencia gastronómica resonante que recomiendo a todos a los que les gusta descubrir nuevas gastronomías y sobre todo culminar las tentativas poco usuales con una sonrisa de satisfacción.

martes, 5 de abril de 2011


De restaurantes
La Tasquita de Enfrente

Calle Ballesta, 6
Madrid

Cocina de mercado con productos selectísimos

¡Al fin he probado La Tasquita de Enfrente! Hacía mucho tiempo que quería conocer su renombrada exquisitez culinaria pero las escasas ocho mesas del local convertían mi intento en una labor casi imposible. Para visitarlo es necesario reservar con muchos días de antelación no sólo por su tamaño sino también porque su cocina se ha convertido en una especie de Capilla Sixtina para los amantes de la gastronomía que rinden culto a la excelencia del producto.

El establecimiento es propiedad de Juanjo López, quien recientemente abrió el Mui, dedicado a la tapa de calidad y también ubicado en la calle Ballesta, en el barrio Triball -cerca de Gran Vía-. La Tasquita de Enfrente tiene una clientela distinguida y exigente que reincide y ha hecho de este restaurante un sitio de referencia.

El espacio consta de un largo pasillo escoltado por una barra que conduce al comedor. Acogedor, recibe a los clientes con un aire íntimo que recuerda una casa, sensación que se incrementa cuando nos damos cuenta de que la única carta está en la puerta. El maître asiste a cada mesa para rezar los platos que, en su mayoría, se ofertan en función de la temporada y de lo que se compra diariamente en el mercado. Los precios se desconocen hasta la hora de pagar, un riesgo ineludible si no se quiere prescindir del supuesto glamour para preguntar por ellos.

La oferta es más bien corta pero la especificidad con que se describe es, desde el principio, una garantía del cuidado en su selección. Abrimos la velada con un singular paté de morcilla con calabaza para untar en focaccia (pan plano con aceite de oliva), un buen abrir de boca. Seguimos con una especialidad de la casa de fama renombrada: la ensaladilla rusa con erizos del mar. Buena pero menos impactante de lo que pensaba dio paso a unos inolvidables cardos rojos estofados con alcachofas fritas y trufa sobre un caldo tibio que, a medida que pasan los días, concibo como lo más sabroso que he probado en mis últimos meses de incursiones gastronómicas.

Entre otras opciones de entrantes destacan la calidad inestimable de las almejas salteadas a la marinera, la célebre hamburguesa de carabineros, los pulpitos salteados, las colmenillas con crema de foie y nata y los berberechos al vapor con sake y salicornia.

Como segundo plato probamos la raya a la mantequilla negra con alcaparras. Un pescado de mares fríos y templados que no tiene una tradición gastronómica demasiado extendida en España –al contrario que en Francia- pero al que este local le ha sacado el máximo partido. La receta de Juanjo es heredera de la usanza gala, la raie au beurre noir (raya con mantequilla negra), que hoy en día se realiza con beurre noisette (mantequilla avellana o morena), nombre que hace alusión al color y al sabor de la emulsión al derretirse. El resultado es un auténtico majar, perfectamente presentado y cocinado.

Estábamos seguros de que los siguientes platos no conseguirían eclipsar al pescado pero llegó a nuestra mesa la carrillada de ternera. Suave, suntuosa y sabrosa conquistó nuestro paladar. Otros platos principales que merece la pena probar son la ventresca de atún al horno con pisto, las cocochas de merluza rebozadas y las especialidades de caza (pichón de bresse, becada...), con perdón del Horcher.

La oferta de postres, también corta y deliberadamente tradicional, incluye una torta de un pueblo de Valladolid, la torrija (el postre más famoso del local que en esta ocasión es horneada) y un tiramisú de castañas sublime.

La carta de vinos muy acertada por su despliegue de una buena selección de caldos españoles y franceses y de champagnes y vinos dulces de varios países.

Mi experiencia en La Tasquita de Enfrente ha resultado interesante y placentera aunque algo desorbitada por los precios -unos 80 a 90 euros por comensal-. La atención al cliente a la altura de la cuenta, sin caer en la pose estirada de muchos restaurantes de este nivel y que resulta peculiar por Abraham, un encargado a quien muchos confunden con Boris Izaguirre y que merece la pena conocer.

Una visita recomendada siempre y cuando se aprecie la calidad extraordinaria de la materia prima por encima de la variedad y el exotismo.

viernes, 25 de febrero de 2011


De restaurantes
Mui

Calle Ballesta, 4
Madrid

El placentero reencuentro con la tapa tradicional bien hecha

Mui es un pequeño local de tapas tradicionales, con un toque de nuevas tendencias, que el boca a boca comienza a convertir en uno de los blasones de la oferta sibarita madrileña. Aunque minimalista y muy actual en su concepto decorativo, este establecimiento emana autenticidad por donde se mire y se pruebe. Está ubicado en las entrañas de un barrio peculiar que los hippy pijis o hippy chics llaman Triball (Triángulo de Ballesta), aledaño a la Gran Vía. Miu convive en una zona en pleno cambio, con una incombustible renovación neomoderna de tiendas con conciencia ecológica, plataformas de nuevos diseñadores y galerías de arte pero que conserva una mezcla urbanita de clubes de alterne, mestizaje y nostalgia castiza.

El nacimiento del Mui viene de la mano de un veterano y reconocido economista reconvertido a excepcional restaurador, Juanjo López Bedamar, quien junto a su mujer y excelente anfitriona, Mercedes, regentan La Tasquita de Enfrente , en la misma calle. Mui tiene muchos aciertos, entre ellos, el de recuperar las tapas de toda la vida dentro de un concepto actualizado que huye del estilo de los nuevos bares de tapeo de malísima calidad y vocación de franquicia -aunque no lo sean- que impregnan la ciudad y calles tan emblemáticas como Cava Baja, por citar solo algunos ejemplos del centro de Madrid.

Sólo distrae la vista de los platos, la variopinta clientela y una pared con dedicatorias, dibujos y garabatos a mano de muchos de los mejores cocineros españoles que han visitado el lugar. El establecimiento se compone de una barra larga divida en tres áreas: la primera ofrece productos del mar como ostras gallegas, mejillones, anchoas, latas de conserva Ramón Peña al estilo de las tabernas antiguas… La segunda muestra quesos y embutidos italianos (salami, bresaola, finochiona… ) de la casa Negrini -sorprendentemente no hay producto español pese a su calidad- , seguida de una zona, al fondo, destinada al show cooking y que el propietario ha definido como un lugar para invitar a sus amigos a cocinar e incluso un espacio para impartir clases. En esta zona, todavía en período de ensayo, se preparan, a la hora de la comida, recetas sin periodicidad fija, entre ellas, milhojas de foie con manzana verde, tataki de pato con vieiras en ají, etc.

La carta ofrece verdaderas delicias clásicas que conquistan por su ejecución y cuyos precios oscilan entre los 2 y los 7 euros, a excepción de las gambas al ajillo que valen 12 euros. Las patatas bravas, sin salsa de tomate, son un ejemplo: hervidas con su piel, fritas y humedecidas en una salsa emulsionada de agua de cebolla, guindilla, pimienta negra y ajo, convencen plenamente. Especial mención merecen: las croquetas, casi líquidas por dentro y crujientes por fuera; los incomparables palitos de berenjenas rebozados acompañados por una salsa de miel y mostaza; los torreznos crujientes servidos como yema de huevo salpimentada para mojar y las minihamburguesas, hechas a base de un magnífico steak tartar. La oferta también contempla ensaladilla, tortilla de patatas, champiñones, gambas al ajillo, mollejas de cordero, pincho moruno, oreja a la plancha…

Además, diariamente al mediodía se ofrece un plato del día, a 7,50 euros, que rinde homenaje a la cocina de toda la vida: los martes, lentejas con codorniz o chorizo; los miércoles, marmitako de bonito; los jueves, patatas con costillas y los viernes cocido

Imposible renunciar a los postres, a 5,50 euros la ración. Se trata de creaciones del laureado pastelero y chocolatero español Oriol Balaguer que cierran con broche de oro la visita a Mui.

La oferta de cerveza es escasa pero apuesta por la calidad con una gama de Brabante, una cerveza española fabricada en Flandes. También dispone de champanes Ruinart y Delamotte y de una corta pero muy seleccionada carta de vinos españoles, franceses, italianos, australianos etc. que se pueden ordenar por copas y botellas.

Después de una placentera degustación, el Mui nos reserva una maravillosa sorpresa: Las variedades de café que sirven se preparan con la máquina de Nespresso... en fin qué más se puede pedir.

martes, 1 de febrero de 2011














De restaurantes
La Cocina de Rama

Restaurante La Rotonda
Hotel Westin Palace
Plaza de las Cortes, 7
Madrid

El Hotel Palace presta sus fogones a la mejor chef israelí

El restaurante La Rotonda del Hotel Westin Palace, ubicado bajo su emblemática cúpula de cristal, ha sido uno de los escenarios del Gastrofestival 2011. Los mejores cocineros del mundo, seleccionados por MadridFusión, se colocaron al frente de los fogones de algunos de los restaurantes más destacados de Madrid para dar a conocer sus propuestas gastronómicas dentro del marco de la iniciativa “Cena con las Estrellas”.

Los días 26, 27, 28 y 29 de enero la prestigiosa chef israelí Rama Ben-Zvi, propietaria del restaurante La Cocina de Rama, y Tommer Niv, su chef ejecutivo (discípulo de Helmston Blummenthal del célebre The Fat Duck) ofrecieron un menú degustación, con versión kosher y no kosher, que combinó especialidades mediterráneas, israelíes y árabes.

Uno de los aspectos que me llamó la atención a la hora de elegir a Rama Ben-Zvi, entre los siete cocineros extranjeros invitados a las jornadas "Cena con las Estrellas", es que se trata de una cocina no demasiado conocida. Además, sus creaciones utilizan ingredientes ecológicos que se cultivan en sus tierras de Nataf, en el entorno de las colinas de Judea, a unos 20 kilómetros de Jerusalén, donde también se encuentra el establecimiento que regenta. Sus vecinos son los proveedores de la carne y el queso que llega a sus platos y las plantas silvestres de la zona constituyen uno de los ingredientes más utilizados y, sin duda, el toque de identidad de sus proposiciones culinarias.

La cocina de esta prestigiosa chef podría considerarse como israelí contemporánea. Toma las raíces de la cultura gastronómica judía y se complementa con las influencias de todos los países de los que proceden los habitantes de Israel, un país que se fundó en 1948 y que se podría catalogar gastronómicamente hablando como un crisol de sabores.

El menú degustación que brindó el Westin Palace fue variado, mediterráneo, exótico y vanguardista. Ofreció como plato de entrada una sustanciosa y exquisita sopa de castañas y alcachofas de Jerusalén. Estas últimas tienen poco que ver con la hortaliza que solemos comer habitualmente pues se trata de unos tubérculos parecidos a las patatas, que nacen en las raíces de un tipo de girasol amarillo de tamaño muy pequeño que prolifera en otoño.

Le siguió un mise en bouche, variedad de aperitivos, compuesto por crujiente de hojas, un caramelo de masa quebrada relleno de queso de cabra salado, coliflor empanada, confit de pescado y un singular humus de remolacha muy notable, elaborado a base de un puré de esta horaliza y de garbanzos mezclado con tahini, ajo y limón. Esta interesante introducción se complementó con una ensalada de cuatro tipos de tomate, que pese a su aparente sencillez resultó perfecta en explosión de texturas, gustos y frescura como antesala a los aperitivos calientes consistentes en berenjena kadeif con foie de pato y cebolla caramelizada. Este último plato, delicioso, impactante a la vista y original tenía la apariencia de pequeños cilindros de pasta de filo hilada (kadeif), al estilo de la pastelería árabe, rellenos de berenjena y foie.

El plato principal del menú no kosher exploró los sabores del cordero. Por un lado costillas sazonadas con gramelate de limón, en su perfecto grado de asado pero algo duras para su tamaño, y una porción de pierna de cordero adobada en pimentón dulce que alivió la propuesta con su ternura en bocado. Un dúo de cortes de ovino algo desigual en calidad de género pero sabroso por su receta.

El acompañamiento de la carne resultó absolutamente magistral en embocadura y presentación: alcachofas de Jerusalén glaseadas, chips de romero, kebabs de regaliz, jugo de salvia y crema de calabacín.

La versión kosher de este plato consistió en un lomo de lubina con un leve y fino empanado. Sabrosa, sin duda por su punto de sal y la ralea de la pieza, se acompañó de espárrago verde y blanco, arroz y lentejas negras, ceps (boletus edulis) al perejil y una salsa de mostaza y mandarina perfecta para el tipo de pescado.

El postre, dicotomía entre frescura y contundencia, consistió en un helado de pistacho, flor de naranjo y pequeñísimas bolas de halva (pasta de tahini hecha de semillas de sésamo -muy popular en Oriente Medio-).

Una experiencia gastronómica interesante no solo por las revelaciones de nuevas combinaciones e ingredientes sino también porque la chef acudió a la mesa con cada plato para explicar los ingredientes y las técnicas que había utilizado para prepararlos. Un auténtico lujo para los que nos gusta conocer hasta el más mínimo detalle.

jueves, 27 de enero de 2011

TERCER Y ÚLTIMO DÍA EN EL MADRID FUSIÓN 2011

La novena edición de Madridfusión acaba de cerrar sus puertas con un éxito relevante. Más de 1.146 periodistas han asistido a la cumbre, de los cuales casi 500 han venido de otros países. Nos ha dejado nunca mejor dicho un estupendo sabor de boca y un sin fin de experiencias sibaritas.

Los cocineros que no debemos dejar de conocer

En la última jornada de Madrid Fusión 2011 la crítica gastronómica internacional ha dado su veredicto sobre cuáles son los cocineros cuyo trabajo, opiniones e ideas tienen una mayor repercusión y trascendencia mundial en la actualidad:

Éstos son Grant Achatz, Gastón Acurio, Ferran Adrià, Andoni Luis Aduriz, Juan Mari Arzak, Alex Atala, Martín Berasategui, Heston Blumenthal, Massimo Bottura, Michel Bras, Alain Ducasse, Pierre Gagnaire, Thomas Keller, Nobu Matsuhisa, Yoshihiro Narisawa, Rene Redzepi, Joël Robouchon, Joan Roca, Pedro Subijana y Tetsuya Wakuda

Un homenaje a los mejores de España

Hoy también ha sido un día de reconocimiento a los talentos de los fogones españoles. Iago Pazos y Marcos Cerqueiro, del restaurante Abastos 2.0., han obtenido el Premio al Modelo de Negocio más Innovador. Ambos son propietarios del restaurante Abastos 2.0, ubicado en el Mercado de Abastos de Santiago de Compostela. Su principal inspiración es el cliente. En un espacio reducido, este interesante establecimiento ofrece seductoras opciones que cualquier amante de la buena comida debe concocer.

Además, la Cámara de Comercio e Industria de Madrid ha concedido sus Premios "Excelencia Turística de Madrid 2011" a los siguientes profesionales:

Cocinero del Año: Rodrigo de la Calle (Rodrigo de la Calle)

Restaurante del Año: Ramón Freixa Madrid (Ramón Freixa)

Director de Sala del Año: Jorge Dávila (Restaurante Piñera)

Sumiller del Año: Javier Gila (Lavinia)

A toda una trayectoria: Abraham García (Restaurante Viridiana)


La imaginación como motor de la gestión

El Auditorio del Palacio de Congresos de Madrid recibió el día del cierre de estas interesantes jornadas a Jaume Drudis, lead chef de Unilever España y Unilever Foodsolutions, y a José María Valls Madella, autor del libro Técnicas de Marketing y Estrategias para Restaurantes. Con una ponencia titulada "El restaurante en una hoja", ambos han compartido sus estrategias sobre la gestión de establecimientos hosteleros.

Massimo Botura, de la Osteria Francescana en Módena, ha explicado emotivamente qué hay detrás de la creación de un plato cuando éste trata de interpretar una tierra, una cultura y una forma de ver el mundo. La originalidad de las propuestas de Botura radica en que intentan transmitir historias: la vida de una liebre recién cazada en el bosque o una sopa, ilustrada con una película son sólo algunos ejemplos.

Las claves del éxito se basan en pequeños detalles

Ryan Clift y Matthew Bax, los responsables de Tipping Club, un novedosos local en Singapur, han optado por romper las fronteras entre el bar y el restaurante al combinar bebidas y platos con su propuesta en carta. Es un ejercicio de maridaje, que algunos consideran extremo, ha cautivado a la clientela. Los bartenders de su establecimiento frecuentan la cocina y los cocineros encuentran en la barra una extensión de sus fogones.

Joan y Jordi Roca han expuesto ante el público su forma de gestionar el exitoso negocio de catering nacido a partir de su cocina en el Celler Can Roca y han dado paso a una espléndida charla con un maestro cuya genialidad y sensillez nos han cautivado a todos: Gastón Acurio. Este artífice de lo que los especialistas llaman el primer gastroimperio latino se ha extendido internacionalmente con propuestas de alta cocina peruana como Astrid y Gastón y con otras iniciativas más especializadas como cevicherías y bocadillerías aptas para bolsillos modestos que no renuncian al buen comer. Su influencia en Perú es impresionante hasta el extremo de que circulan rumores de que si se presentara como candidato a las elecciones presidenciales arrasaría.

Un último día lleno de emociones

Además de presenciar cómo los cocineros se han convertido en los embajadores de nuestro país a través de su cocina y de los productos autóctonos, el Barshow nos ha vuelto a sorprender con una exposición de Carlos Moreno de la coctelería O'Clock de Madrid titulada "Donde nace la inspiración".



También hemos visto la demostración "El espíritu de la elegancia", impartida por el coctelero David Córdoba y en Enofusión, punto de encuentro, cata y exhibición de las principales y más prestigiosas marcas de vinos, ha cerrado las actividades con varios coloquios y catas integradas en su programa de Los Círculos del Vino.

Los restaurantes del futuro

Danni Potter y Noel Hunswick, creadores de Inamo Restaurant, nos han llevado de viaje al futuro con sus explicaciones de cómo funciona un restaurante digital con carta interactiva y un sistema que permite a los comensales utilizar su mesa para navegar por Internet. Un concepto algo frío para los románticos de la cocina que sin duda encontrará un hueco importante en el mercado después de su éxitosa iniciativa en Londres.

Un ameno debate entre Berasategui, Subijana y Arola

Martín Berasategui, Pedro Subijana y Sergi Arola han abordado sin tapujos temas que muchos cocineros prefieren obviar: "¿Es rentable la alta cocina", "¿Hasta dónde están dispuestos a llegar en su presencia mediática para publicitar sus restaurantes?" "¿Cuánto tiempo hace que no cocinan ellos mismos?"...

Las escuelas de negocio atentas a la restauranción

Interesantísma la charla titulada "Eres genial...pero nadie te recordará", enmarcada en el ciclo de conferencias organizado por el I.E Business School en Madridfusión, que ha tenido como broche de oro la presencia del cocinero y empresario hostelero Sergi Arola con los alumnos del I.E.

Dulcefusión: un homenaje a los golosos sin remedio

Hemos tenido la oportunidad de compartir las experiencias de los grandes maestros españoles y extranjeros de la pastelería, la cocina dulce y la elaboración de panes. El encuentro impregnado de conocimientos, ideas y técnicas ha estado protagonizado por Paco y Jacob Torreblanca, padre e hijo, los grandes maestros de la pastelería Tótel, en Elda, Alicante. Tras ellos, Frederic Bau y Yann Duytsche -Bau es propietario del restaurante Umia, en Tain L'Hermitage. Por su parte, Duytsche de la pastelería Dolç, en Sant Cugat del Vallés- nos ha dejado impresionados.

Otra de las ponencias fue "La arquitectura del helado", impartida por varios cocineros del equipo de Unilever Foodservices, entre ellos Kees Van Erp, Dirk Rogge, Víctor Pena y Detlef Dörsam. Nos han descubierto posibilidades nunca contempladas de este maravilloso dulce. Otro maestro, Oriol Balaguer, ha hecho una demostración magistral de su trabajo como pastelero, cocinero dulce y empresario exitoso con tiendas abiertas en varias ciudades del mundo que comercializan las dos colecciones anuales de su pastelería prêt à porter.

Como cierre dos de los panaderos españoles más reconocidos, Xevi Ramón, de Triticumdeluxe, y Daniel Jordá, de La Trinitat, han desvelado algunos de sus secretos de elaboración que le han permitido llegar a las mesas de algunos de los restaurantes más importantes del mundo.

Ya para finalizar, hoy se ha podido ver, dentro del ciclo de Cine Gastronómico en Madridfusión la continuación del documental Cocinando en Asturias-

Sybaris Gastronomía y otros placeres os contará en próximos post detalles curiosos y nunca vistos que hemos descubierto en el Madrid Fusión 2011. Seguro soñaremos muchos días con esos colores, olores y sabores que nos han dejado unos kilos de más que sin duda merecen la pena.

miércoles, 26 de enero de 2011


PRIMER DÍA: TECNOLOGÍA Y COCINA FUSIONADAS

Si por algo se distingue la Cumbre Internacional de Gastronomía Madridfusión es por hacernos percibir mejor que ningún otro evento de los que presenciamos anualmente cómo la tecnología y la cocina han llegado a unir su discursos de tal modo que en ocasiones parecen hablar con una misma voz.

¿Dónde acaba la cocina, dónde empieza la ciencia?

Sorprende cómo algunas de las ponencias que tenemos ocasión de presenciar en el Palacio de Congresos te llevan a un lugar en la frontera entre la tecnología más avanzada y esa ciencia de los sabores que es la gastronomía. Así ocurre casi siempre, por ejemplo, cuando Andoni Luis Aduriz, de Mugaritz, sube al Auditorio principal de Madridfusión y centra su ponencia en las altas presiones como elemento crucial a la hora de entender no ya algunas de sus recetas, sino la propia ciencia alimentaria actual. Su exposición, en la cual hemos aprendido el valor de esos juegos con la presión en los procesos de conservación de algunos productos, pero también en cosas tan sencillas y sorprendentes como abrir una ostra, ha abierto mil y un caminos a los cocineros presentes.

Tras Aduriz, La Nueva Cultura del Frío de Kristoff Coppens, del restaurante A Priori, quien ha dado a conocer el fruto de su colaboración entre la industria y la universidad en torno a dos técnicas que domina como pocos: la técnica de vacío y el nitrógeno líquido. De esta colaboración ha nacido una máquina llamada Cryotuv®, que permite la cocción criogénica al vacío.

La ponencia de Coppens ha servido de antesala a una nueva demostración espectacular, la que han llevado a cabo Juan Mari y Elena Arzak junto a Xabi Gutiérrez. En ella hemos podido seguir la evolución de esas vajillas en las que están trabajando con Phillips. Los progresos son asombrosos, hasta el punto que con su trabajo nos hallamos ante una nueva dimensión multisensorial de la cocina en la que los propios platos interactúan con la elaboración y con el comensal. Toda una lección de cómo entender la restauración desde una perspectiva muy abierta a ideas y sensaciones distintas.

Carlo Petrini, el promotor del movimiento Slow food< , no ha dejado indiferente a nadie con su interpretación de la gastronomía como un hecho global, en el que la receta es solo una parte, mínima, dentro de una comprensión que abarca otros muchos aspectos de los que a veces nos olvidamos: el agricultor, los precios de la distribución, el paisaje, la cultura, la historia, etc. Desde luego ha sido el mejor contrapunto que se pudiera desear en una jornada en la que tantas veces habíamos creído estar contemplando arte, cuando lo que había ante nuestros ojos era "solo" cocina.

La intrepretación de la cocina desde varias perspectivas

La tarde se ha iniciado en la Sala Polivalente con la ponencia conjunta de Rodrigo de la Calle y Francis Paniego sobre el Skrei, dos interpretaciones, dos universos creativos completamente distintos, aunque brillantes ambos. Poco después, Ángel Palacios, Beatriz Sotelo y Ricardo Sanz han descubierto al público sus diferentes modos de interpretar uno de los pescados más sabrosos de nuestros mares, el rodaballo; Senén González, por su parte, ha impartido una interesantísima charla acerca de la forma en la que él concibe la cocina y cómo ha sido capaz de convertir sus pinchos, de alta calidad culinaria, en el secreto mejor guardado del éxito económico de su empresa. Tras él, Bricio Domínguez, el gran cocinero de Guanajuato, nos ha impartido una asombrosa lección más acerca de la maravillosa riqueza que encierran las cocinas mexicanas y en particular la de su Guanajuato natal y Javier de las Muelas nos ha permitido conocer su visión del concepto de Cocina líquida.

Madridfusión un sin fin de actividades paralelas

En el capítulo de las actividades paralelas a la Cumbre Internacional de Gastronomía, hoy hemos vivido momentos importantes, como esa primera conferencia impartida por Luis Solís dentro de ciclo de conferencias de la I. E School en Madridfusión. Aunque ese es solo un ejemplo. También hemos vivido el desarrollo del concurso patrocinado por Anfaco que premia el Mejor Plato de Alta Cocina con Conservas de Pescado: Sus ganadores, ex a quo, Estela Izquierdo Nieto (Restaurante RODRIGO DE LA CALLE, ARANJUEZ), por el plato Diversidad Marina y Alfonso Figueroa Villota (Restaurante EDULIS, MADRID) por su Rissoto con mejillones en escabeche.

Además, en Bar Show, hemos presenciado las demostraciones de Toni Conigliaro y Agostino Perrone y en Enofusión hemos vivido una jornada memorable, con las ponencias El vino de Padres a Hijos, Grandes de la Enología Cara a Cara y Los Varietales Españoles a la Conquista de los Mercados Internacionales. Ha habido mucho más, pero son tantas cosas que no se pueden contar, solo vivirlas.

SEGUNDO DÍA: LA COCINA SIN FRONTERAS

Cuando hacemos mención del término "fronteras" nos referimos generalmente a esas líneas geográficas que separan los países, pero son muchas más las que existen en la cocina y muchos de quienes las traspasan a diario han participado hoy en Madridfusión.

Provocación, ingenio y diseño

La cocina actual refleja el mundo globalizado en que vivimos y, en este sentido, hace tiempo que traspasa con absoluta naturalidad los límites regionales en su búsqueda permanente de nuevas sensaciones y sabores. Pero hay otros límites, estos menos definidos, que también se han quebrado en la cocina de nuestros días y que se refieren a la actitud, al conocimiento, al modo en que se establece la relación entre una determinada cocina y el comensal.

Es en este contexto en el que la mañana de Madridfusión nos ha deparado enormes y agradables sorpresas, como la de conocer a Nuno Mendes, un infatigable trotamundos que ha establecido su base de operaciones en Londres, donde elabora una cocina extraordinariamente personal en Viajante. Su ponencia, Provocación vegetal, ha abierto el fuego de la mañana con platos como sus puerros carbonizados con espárragos blancos, avellanas y nata. Tras él, sobre idéntico escenario, Jacques Decoret, quien ha compartido con los asistentes sus reflexiones acerca de esa delgada línea que separa el diseño y la creación culinaria a partir de la experiencia que le proporciona la reciente reapertura de su "original restaurante" tal como él lo califica: Maison Decoret.

Provocación, diseño... e ingenio. Dos de las ponencias más brillantes de la mañana han correspondido a los cocineros Dave de Belder, del restaurante De Godevaart, en Amberes -quien ha expuesto las bases de su cocina con dos platos que juegan con las formas, el arte de construir, el trampantojo y la ficción comestible- y Kevin Cherkas. Cherkas vive afincado en Singapur tras haber pasado por Estados Unidos, España y Francia. Allí, despliega una imaginación ilimitada y mucho humor en los platos de su restaurante, Blu. Sus "modern comfort tapas" son toda una demostración de ingenio, conocimientos culinarios, gracia y soltura técnica. Algunas de ellas: Waffles con caviar, la magia de un champiñón, Tandoori foie-gras...

El conocimiento en la base de la cocina

Una vez superada esa magnífica introducción a la jornada matinal, se han sucedido nuevos momentos especialmente interesantes en el Palacio de Congresos. La ponencia acerca de la Armonías Moleculares, últimos descubrimientos, impartida por Bernard Larousse nos ha permitido visualizar la enormidad de esa aportación a la ciencia culinaria que trae consigo foodpairing.com, una web renovada que podremos comenzar a visitar en español este mismo año. Tras esta presentación: Jordi Butrón y Jordi Cruz, dos pensadores de la cocina que nos han permitido aproximarnos a su interpretación de Código del Equilibrio Culinario dentro de una ponencia que llevaba por título: Food Balance.

Todo ello ha servido como antecedente a la presentación de la cocina de Andre Chiang, a quien ha presentado ante el público el crítico gastronómico KF Seetoh. Su ponencia, Singapur El Tercer Sabor, nos ha permitido aprender cómo se formula una cocina cuyas bases parten de lugares tan distintos como China, la India y Malasia, concentrando el poder de todas ellas en platos de la elegancia y sutileza de sus Berenjenas de Kyoto estofadas con crestas y patas de pollo y lenguas de pato, un prodigio la llamada fusión.

Universo Madridfusión

Evidentemente, no han sido esas todas las emociones de la mañana. Hoy en Madridfusión hemos asistido a la tradicional Subasta de la Trufa, cuyos fondos se destinan anualmente a la Fundación Luis Granella. Este año, la Trufa negra, subastada por la Diputación Provincial de Soria, eran dos trufas negras con un peso aproximado de 600 gramos que ha adquirido Andrea Tumbarello, de Don Giovanni, por 1.700 euros. La trufa blanca, por su parte, de unos 300 gramos de peso y patrocinada por el Restaurante Vittoria, de la Región de Asti, ha sido adjudicada a Juan Carlos Clemente, del Iberostar Grand Hotel El Mirador, en Tenerife.

Junto a todo ello, durante la mañana de hoy se ha desarrollado la semifinal del Trofeo de Sumilleres Custodio López Zamarra-madridfusión, cuya final tendrá lugar en la jornada de tarde. Todavía en el capítulo de los vinos, hemos vivido una cata memorable, dentro del ciclo de catas del ICEX en Madridfusión, en la que Navarra ha sido la estrella y sus garnachas, las protagonistas.

En los espacios que complementan las actividades de la cumbre madrileña, tampoco ha decaído la actividad: en Barshow hemos disfrutado de una ponencia magistral de Luca Anastasio acerca de los cócteles del tiempo de la prohibición en los Estados Unidos, aquellos que se servían de forma clandestina en los speakeasy. Y en Enofusión, hemos podido presenciar dos ponencias enormemente interesantes: La primera de ellas: Vinos Globales o Autóctonos y las posibilidades de una UE reglamentada o liberalizada. La segunda de ellas: Madrid y sus vinos: 20 años de Diálogo con la Tierra. Una cata guiada por el director técnico del Consejo Regulador de la DO madrileña, Mario Barrera.

La mañana ha finalizado con Bruno Didier, del restaurante Kikara, de Bilbao, proclamándose campeón del Concurso Gusti-Negrini de Alta cocina con ingredientes italianos gracias a su receta Tomates "Mozarellas" y contrastes afines. Nuestra Enhorabuena.

Si hay dos palabras que se escuchan con más frecuencia que ninguna otra en las ponencias que estamos presenciando en esta edición de Madridfusión, esas son seguramente producto y técnica. La tarde de hoy nos ha ofrecido auténticas maravillas en cuanto a las técnicas culinarias de hoy, de mañana y de siempre, pero el producto, entendido en un sentido muy amplio, ha sido el gran dominador de la jornada.

Conceptos, sensaciones y magia

La primera de las ponencias de la jornada vespertina no ha servido para presentar un producto, sino una cocina, un modo de entender el oficio culinario y la condición de empresario de la restauración. Sergio Azagra, a través de su explicación acerca de en qué consiste Gastro-Lógica nos ha permitido ver un horizonte nuevo en el negocio de la restauración. El que él mismo está abriendo.

Tras su ponencia, ha llegado la de Gert de Mangeleer, cuyo establecimiento, Hertog Jan, en Brujas, ocupa una de las plazas indiscutibles dentro de la vanguardia culinaria de Flandes. Su demostración nos ha servido para realizar un recorrido por su forma de concebir la arquitectura del plato. El plato escogido, su ensalada de tomates de mi huerta, caléndula africana y caldo de tomate amargo, ejemplifica el trabajo de composición de una culinaria muy personal en la que es la materia prima -en sus innumerables formas de materializarse- la gran protagonista de la creación del cocinero.

Poco después ha ocupado el escenario Martha Ortiz, probablemente, y en opinión de alguien como Juan Mari Arzak, la mejor cocinera de México. Martha, que acaba de abrir en el D.F. su nuevo restaurante, Águila y Sol, ha propuesto a los asistentes una visión subyugadora de la cocina de su país desde una perspectiva sensual que lo abarca todo, el tacto de las masas, la concupiscencia del mole, el descaro ardoroso de los chiles, el desnudo del tamal...

Las mil caras de las materias primas

Poco después, ya en la Sala Polivalente, hemos podido aproximarnos a la interpretación que algunos de los mejores cocineros españoles hacen de dos productos que forman parte de nuestro patrimonio culinario más arraigado.

La ponencia denominada Las Mil Caras del Arroz, ha reunido sobre el escenario de la Sala Polivalente a dos gigantes de la cocina española actual como Quique Dacosta y Rodrigo de la Calle. El primero de ellos, en un momento intermedio en el que ha cerrado su restaurante con la intención de reinaugurarlo en 2011 totalmente renovado. Tras él, Rodrigo de la Calle, probablemente el cocinero que disfruta de un momento más dulce dentro de la cocina española actual, tanto por la repercusión que tiene su trabajo, como por el favor del público y la crítica del que disfruta.

Una vez finalizada la ponencia sobre el arroz, ha llegado el momento del queso, otro de los emblemas de la cocina española, aunque esa sea, posiblemente, una perspectiva reduccionista. El queso es, en realidad, un patrimonio de la cocina mundial. En este sentido, la demostración ha sido toda una fuente de inspiración guiada por tres grandes cocineros: Víctor Enrich, que ha trabajado sobre el escenario con quesos de Flor de Esgueva; Ramón Freixa, cuyas elaboraciones han estado basadas en cremosos de corteza blanda franceses como el brie o el Camembert, y Paco Roncero, quien se ha centrado en especialidades italianas como el Parmesano, el Mascarpone o el Gorgonzola.


Universo Madridfusión

Las actividades paralelas a las ponencias de los cocineros han alcanzado en la jornada de tarde un dinamismo imparable: El ciclo de conferencias impartidas por el I.E School en esta edición de Madridfusión ha incluido dos conferencias de enorme interés: El caso Querida Carmen, una forma diferente de aproximarse al mercado de la restauración y Las redes sociales: su aprovechamiento para el sector restaurador. Por su parte, las conferencias de Madridfusión se han centrado en dos aspectos clave para la hostelería y la restauración de nuestros días: El hotel sostenible, por un lado, y Restaurantes magnéticos que generan enormes beneficios, por otro.

Por lo que se refiere a los concursos, hoy hemos conocido al ganador del prestigioso concurso de sumilleres Trofeo Custodio López Zamarra - Madridfusión, organizado por la cumbre internacional de gastronomía con la colaboración de la Asociación Madrileña de Sumilleres. El ganador, entre los veintiséis semifinalistas que se han dado cita en el Palacio de Congresos, ha sido Francisco José Rubiales Sánchez, del Hotel Puente Romano, de Marbella. El otro gran concurso de hoy, y uno de los más esperados todos los años, ha sido el Concurso de Tapas de Diseño, patrocinado por Mahou - San Miguel. Su ganadora, con una receta llamada Foie con Gel de Cerveza y Trufa, ha sido Cristina Oria.

Y junto a todo ello, hemos seguido disfrutando de ls actividades paralelas en Bar Show, donde además del habitual Concepto Origins de Schweppes, hemos asistido a la ponencia de Francesco Cavaggioni acerca de cómo destilar ginebras. Enofusión, a su vez, nos ha abierto las puertas a la cata de Tío Pepe en rama, en una cata llamada La Esencia de Jerez, el milagro de un vino vivo, organizada por González Byass. Después, hemos disfrutado de una cata de tequila y mezcales, bebidas entendidas ambas como dos consecuencias de un mismo sentir, según rezaba el título de la presentación, ofrecida por México y hemos finalizado la sesión con otra demostración denominada Catarsis, en la que el vino, la música y todos los sentidos se han dejado envolver por la magia del momento.

Ya para finalizar, hoy se ha proyectado, dentro del Ciclo de Cine Gastronómico en Madridfusión, la película. Cocinando en Asturias. Toda una exhibición sobre el trabajo de los mejores cocineros asturianos.

viernes, 7 de enero de 2011


De Restaurantes
Ni Hao
Calle Silva, 20
Madrid

Comer en la China genuina sin moverse de Madrid

Además de las tiendas al por mayor y los pequeños abastos omnipresentes en cualquier rincón de la ciudad, la ingente colonia china de Madrid ha traído un regalo para los insaciables exploradores de sabores: un soplo de aire fresco a la monótona oferta de restaurantes en los que el arroz tres delicias, el pollo agridulce, los rollitos de primavera y otras, mal llamadas, especialidades del país eran las opciones, con algunas excepciones por supuesto.

Cuando se entra en el Ni Hao es fácil darse cuenta de que se trata de una experiencia curiosa. En primer lugar, casi la totalidad de la clientela es china, el resto extranjeros y españoles algo extravagantes o con apariencia de trotamundos. Los platos que cubren las mesas son atípicos a los que se suelen ver en este tipo de establecimientos, los aromas del local se antojan exóticos pero caseros y la ambientación, sencilla a más no dar, es una evidencia de que no hay concesiones estéticas porque solo se valora el regusto de cada bocado. Un verdadero festín cuyo precio por persona dificilmente excede los 20 euros.

Las camareras/os no hablan casi español y preguntar por las especialidades es una labor casi imposible. No obstante, si uno se relaja y se entrega a la aventura, comer en el Ni Hao es un viaje placentero en sí mismo. La carta es variada y esconde singularidades como patas de gallina, lenguas de pato, sangre de cerdo… pero también ofrece recetas más familiares para paladares occidentales como ternera con puerros, cerdo al estilo sichuan, diferentes tipos de tallarines, arroces y sopas, entre muchas opciones. Sin embargo, el objetivo de mi visita al restaurante fue contundente: probar el huǒguō, que podría traducirse como pote del fuego y que, inexplicablemente, en España se conoce como fondue china.

También conocida como hot pot u olla mongola -se dice que la dieron a conocer los mongoles hace más de mil años, que el norte de China lo popularizó en el resto de Asia y que cada país le aportó alguna variación- , esta comida típica de invierno en China y Taiwán tiene sus seudohomólogos en otros países orientales (sukiyaki tailandés, jigae chongol coreano y shabu-shabu o sukiyaki japonés).

El espectáculo comienza cuando, sobre un hornillo situado en el centro de la mesa, se sirve una cacerola metálica grande y divida en dos áreas. En un lado rellena con el caldo fuerte elegido -picante si así se desea- (sopa de pato, cordero, ternera, pescado, mariscos…. con sus respectivos trozos en la mayoría de los casos). En el otro con el suave -de pollo o verdura-. Además, alrededor de la olla se colocan diferentes platos con los acompañamientos crudos que se hayan pedido (pasta de arroz, tofu, gambas, bolas de pescado, champiñones, setas shiitake, dumplings, fideos chinos, verdura china -hao cai-, algas, espinacas, col china, raíz de bambú, ternera cortada muy fina en lonchas, etc.). Éstos se incorporan en tanda al caldo una vez rompa a hervir y, a los cuatro o cinco minutos, se retiran con palillos y una espumadera individual hasta un bol previamente rellenado con cualquiera de los dos caldos.

A lo largo de la comida, la sopa se mantiene caliente mediante propano o electricidad (la opción original es sobre carbón pero no he encontrado ningún restaurante en Madrid que lo haga de esta forma). El huǒguō se acompaña con una salsa de cacahuete, hollis, soja u otra, para mojar los tropezones que se han cocinado en el caldo justo antes de saborearlos.

Sobre la forma de comer esta especialidad parece que no hay acuerdo. Algunos chinos me han dicho que se debe preparar relajadamente de manera que se coma por tandas, lo que resulta mucho más apetecible, y otros aseguran que se debe meter todo junto y cuando el hot pot vuelva a hervir retirarlo. A mi me gusta la primera sugerencia, sobre todo porque se puede añadir un poco de agua o caldo hirviendo a la olla si fuera necesario durante la comida. Hacia el final del banquete es costumbre que cada comensal casque un huevo en la cacerola y se reparta el caldo.

Acompañé la francachela con una Tsingtao, la cerveza más popular en China que se fabrica con técnicas alemanas en la ciudad de Quingdao, realmente buena y perfecta como maridaje.

En conclusión, me ha encantado comer huǒguō, fundamentalmente porque es una experiencia colectiva, interactiva, sana, lúdica, colorida y sabrosísima. Sólo un aviso para los que se lancen a esta andanza culinaria y quieran disfrutarla con autenticidad: es fundamental disponer de tiempo, unas dos horas, e, indispensable, tener buena compañía (unas cuatro personas como mínimo es ideal) para que como suele ser habitual en las comidas auténticamente satisfactorias y parsimoniosas, la conversación sea otro de los placeres que embelecen los cuatro sentidos.

sábado, 18 de diciembre de 2010



De hoteles
Asia Gardens
Avda. Eduardo Zaplana
Rotonda del Fuego
Costa Blanca - Alicante

Un edén asiático en las entrañas de Alicante

Nada más cruzar la garita del exclusivo resort Asia Gardens se traspasa la barrera real del espacio. A partir de ese momento, la sensación de estar en Tailandia es tan intensa que incluso se llega a experimentar un amago de jet lag. Este referente del turismo de lujo, que acaba de ganar la mención de Mejor Hotel de Lujo con SPA de Europa en los premios anuales Condé Nast Johansens, se extiende a lo largo de 370.000 m2. Emplazado a 150 metros sobre el nivel del mar, en las laderas de Sierra Cortina, está situado en una pequeña montaña rodeada de árboles a cuyos pies se vislumbra el skyline de Benidorm, ciudad que abraza la Costa Mediterránea y que algunos definen como la "Dubai española".

Pasear por las áreas verdes del Asia Gardens es un auténtico placer. Perderse por sus caminos serpenteantes con pequeños puentes de madera sobre estanques, donde el agua y en especial su sonido son los protagonistas, induce a un estado de relax indescriptible, sobre todo si se visita en temporadas alejadas del multitudinario verano.

El hotel, de la cadena Barceló, fue inaugurado en 2008 y concebido con tecnología ecológica. Está construido y decorado con piezas procedentes de la India y Tailandia. Tiene 312 habitaciones rodeadas de jardines orientales con un diseño paisajístico repleto de plantas exóticas, bonsáis, lagunas con peces naranja, cascadas y siete piscinas, dos de ellas climatizadas en el exterior.



Las piscinas no climatizadas están rodeadas de hamacas y camas balinesas. Acopladas mediante una traza de niveles de diferentes alturas, su diseño de “borde infinito” hace que parezca que el agua se funde con el cielo del horizonte o del mar, según el ángulo.

Te costará salir de la habitación…

Las habitaciones son diferentes según su tamaño, nunca menor de 30 m2, y algunos aspectos de su decoración y situación dentro del resort. Las más sencillas, si se pueden llamar así, rondan los 200 euros la noche y las suites entre 550 y 1.500 euros.



Elegantes y cómodas, disponen de terraza con vistas al mar, a los jardines o al pinar que rodea el hotel y muebles de estilo balinés que dotan de exotismo la estancia. También tienen conexión WiFI, acceso para el i-pod, DVD y Televisión de LCD 32.

Mención aparte merecen las camas king size (2m x 2m), con ededredón de plumas y sábanas de algodón de 300 hilos, y el baño de estilo japonés con bañera separada de la ducha y semincorporada a la habitación. La verdad es que si no fuera por las demás atracciones del hotel, no apetecería salir de la habitación.

El Thai Spa, una de las joyas de la corona

El Thai Spa del Asia Gardens es un centro de relax para el cuidado del cuerpo, la mente y el espíritu. Sus profesionales provienen de la escuela del templo Wat Po, la más reconocida de Bangkok, y ofrecen varios tipos de masajes -tailandés (Nuad Thai), ayurvédico, balinés, reflexología, entre otros- así como diferentes tratamientos de belleza y terapéuticos que buscan el restablecimiento del equilibrio tanto físico, energético como psíquico.




Es preferible reservarlos con antelación. Su coste varía según su duración y naturaleza y suele rondar entre los 90 a 160 euros por sesión. Se realizan en diferentes estancias perfectamente decoradas, con camas estilo tatami o camillas de masaje, y ambientadas con iluminación relajante, música y aromas para que la experiencia sea absolutamente genuina. Los espacios disponen de acceso directo al jardín y de una piscina climatizada interior y exterior, baño turco, jacuzzi al aire libre y un fitness center para ejercicios tonificantes y cardiovasculares.

Mi estancia de cinco días en el hotel, dentro de un programa llamado Thai Experience, incluyó, además de masajes, el alojamiento con desayuno y provechosas sesiones de Qi Gong (Chi Kung) con un profesor extraordinario. Esta práctica milenaria consiste en movimientos suaves y armoniosos, combinados con técnicas de respiración, destinados a potenciar fuerza física, energética, mental y espiritual y a fortalecer los órganos internos, los huesos, las articulaciones y los músculos. También ayuda a la relajación y al control del estrés entre muchos otros beneficios. Una auténtica delicia. Los precios de este programa suelen rondar para cuatro días entre 900 y 1.300 euros por persona aproximadamente, dependiendo del tipo de habitación y la temporada.

El Wai Prah es solo el comienzo

Gran parte del personal del hotel es asiático, aunque también hay españoles. Una de las curiosidades que más llama la atención nada más entrar es su atuendo, todos visten con traje tradicional tailandés y saludan con el Wai Prah , que consiste en la unión de las palmas de las manos entre el pecho y la frente con una leve inclinación de la frente y, por supuesto, una sonrisa.

Siempre a disposición del cliente, el equipo humano del Asia Gardens es extraordinariamente eficiente y atento, digno de un hotel de cinco estrellas. Sin duda, el Asia Gardens es una visita que merece la pena recomendar y repetir porque, además, los precios de las habitaciones más sencillas, que rondan los 200 euros la noche en temporada media, compiten con gran fuerza con otros hoteles de este tipo como su vecino el Villaitana o el Abama en Tenerife, por nombrar sólo un par.

Su talón de Aquiles, los restaurantes

El hotel cuenta con un servicio bufet de desayuno variado, generoso y de gran calidad, sin duda uno de los mejores que he probado en establecimientos de esta categoría. También tiene cuatro restaurantes: Udaipur, tipo bufet; In Black, con gastronomía internacional; Palapa,con especialidades mediterráneas y Koh Samui, asiático fusión. Este último, que por su cocina oriental debería ser el más representativo del resort, goza de una prestación de sala estupenda pero decepciona por la calidad y presentación de sus platos.


Aunque no me dio tiempo de probar todos los restaurantes, no parecen ser lo mejor del hotel como tampoco lo es la carta para el servicio de habitaciones, que dispone de una oferta muy corta y poco exquisita para la excelencia del establecimiento. Un detalle que el hotel debe remediar cuanto antes porque merece una restauración que haga honor al resto de las no pocas excelencias de este espléndido establecimiento.


Una escapada a cuerpo de rey

Si se busca desconectar, descansar y tener una vivencia revitalizante en un refugio de lujo, a precios relativamente accesibles para un poder adquisitivo medio, se encontrarán pocos hoteles como éste en España, un destino turístico en sí mismo del que nunca apetece salir.

lunes, 8 de noviembre de 2010


De restaurantes
Don Giovanni

Paseo Reina Cristina, 23
Madrid

Mi reconciliación con Don Giovanni

Mi tercera visita al Don Giovanni, el italiano de moda de Madrid que también cuenta con sede en Marbella, me reconcilia con su cocina. Esta trattoria sencilla, ruidosa, no muy cómoda, casi escondida y situada en una zona donde es poco habitual encontrar restaurantes con este poder de convocatoria (cerca de la Plaza Mariano de Cavia) presume de tener lleno total y contar con una clientela muy distinguida. No es extraño encontrar a políticos, empresarios, artistas... que disfrutan de un ambiente de “andar por casa”, por unos 50 a 60 euros por comensal, que si de algo puede presumir es de un servicio de sala magnífico.

A pesar de ser un establecimiento omnipresente en las críticas gastronómicas y en el boca a boca de los asiduos a la restauración madrileña, no me había cautivado. Tal vez porque al hablar de pasta, siempre y cuando se cuente con buena materia prima, se consiga el punto de cocción adecuado y una buena salsa, es difícil descubrir un restaurante que destaque especialmente.

Un italiano es malo, correcto o impresionante, es muy difícil encontrar otros matices. En el caso del local del siciliano Andrea Tumbarello, me había parecido correcto pero en ningún momento me había deslumbrado. Tampoco colmó las expectativas que me habían alimentado algunos medios de comunicación, que abrazan con entusiasmo la excelente labor de relaciones públicas de Tumbarello, quien no duda en visitar personalmente cada mesa del local para saludar a sus clientes y hacer gala de su simpatía avasallante.

No obstante, el destino me ha vuelto a llevar al Don Giovanni y me doy cuenta de que a medida que escudriño en su ingente carta -con más de 80 tipos de pasta-, guarda secretos muy interesantes. Para apreciar su oferta hay que revisitarlo y probar. En mi opinión éste es el problema, una oferta inmensa, que ocupa más de cuatro páginas de carta, de una asertividad desigual. En Don Giovanni se pueden comer ensaladas, pizzas, muchísimos tipos de pasta fresca o seca, antipasti, risotti, algunos platos de carne entre los que abundan los scaloppine, el entrecot y el solomillo, y sugerencias, que reservan lo mejor de la casa.

Para empezar tomamos la burrata pugliese, una mozarella fresca que consigue sus filamentos mantecosos gracias a que se sumerge en suero lácteo caliente al final del proceso de maduración. Adobada con en aceite de oliva, pimienta, orégano y un toque de salsa picante, estaba exquisita. La acompañamos con una pizza con tomate, mozarella ahumada y láminas de trufa aestivum, cuya masa fina y crujiente tenía un excelente punto de horneado, y con mortadela bandolin, un detalle de la casa ineludible.

Con los entrantes me fui dando cuenta de que en esta nueva visita al Don Giovanni mi experiencia estaba siendo placenteramente diferente. Me emocionaron los ravioli de corso con mantequilla, salvia, aceite de trufa y parmesano, así como también los tortelli de calabaza con queso scamorza gratinado. Recuerdo que la primera vez que cené allí probé los famosos spaghetti carbonara auténticos, sin nada de nata como manda la tradición. Preparados en la mesa, la pasta se mezcló con la yema de huevo antes de servirse, con careta de cerdo en vez de bacón y se coronó con pimienta negra recién molida. A pesar de todo, los spaghetti me parecieron insulsos y me produjeron una decepción absoluta.

En esta ocasión, destacables los panzeroti con setas, aceite de trufa, nata y parmesano pero absolutamente gloriosos el sabor y el aroma de los tagiatelle con trufa blanca que ralla el propio camarero sobre la pasta humeante y frente al comensal.

También remarcables los spaguetti al pesto y los linguine ai frutti di mare, aunque no son los mejores que he probado. Poco contundentes los fagottine de crema de pera y queso gorgonzola de mi primera visita pero extraordinaria la textura del grano y la cremosidad del risotto allo champagne de mi segunda.

Los postres son caseros. El más promocionado de la casa es el tiramisú, realmente bueno. También se ofrece una razonable variedad de tartas, entre la que recuerdo con especial placer la de dulce de leche que compite con el cannolo siciliano y los helados y sorbetes, el de albahaca con campari es sorprendente.

El Gin & Tonic del Don Giovanni,
extravangancia deleitosa para los sentidos


Lo que nunca se debe hacer si se visita el Don Giovanni es marcharse sin probar sus Gin & Tonic, el cóctel de moda. La popularidad de esta bebida es internacional y no deja de crecer, quién se lo iba a decir a sus inventores holandeses que la recomendaba por sus efectos medicinales. La variedad de sabores de la ginebra es infinita. No existen reglas para la medida de sus ingredientes ni para la forma de madurarla, cada marca es un universo de embocaduras. Hay que experimentar hasta escoger la que nos seduzca.

Básicamente se trata de grano destilado de trigo o centeno, aromatizado con bayas de enebro, pero a partir de este principio las fórmulas son tan variadas como secretas (cáscara de naranja, limón, anís, canela, regaliz…). Lo importante a la hora de disfrutar de una buena ginebra es que sea premium porque los aromas botánicos se incorporan en su última destilación y ello le confiere una personalidad extraordinaria.

Comprobé personalmente que el Gin & Tonic del Don Giovanni es sublime. Irwin Valencia, sommelier del restaurante, tiene en su barra más de 30 ginebras y hace gala de una técnica parsimoniosa que confiere al cóctel de gran sofisticación. Su método de preparación varía levemente en función de la ginebra que prefiere el cliente, aunque siempre la acompaña de la tónica Fever Tree. Sobre la mesa ginebra, tónica, rodajas de naranja, limón y lima, hielo preparado con tónica y agua mineral, encendedor, cuchara coctelera y copas de balón.

El espectáculo comienza cuando el camarero llena la copa de hielo, le da vueltas hasta enfriarla y vuelve a depositarlo en la hielera. Seguidamente, dobla la cáscara de limón con la parte verde hacia fuera y la presiona mientras acerca el fuego del encendedor para estimular su aceite esencial y exprimirlo ligeramente dentro de la copa. Frota las cáscaras en su borde para aromatizarla y luego sirve la ginebra muy fría y los hielos. Inmediatamente inclina la cuchara coctelera dentro de la copa y deja que la tónica se escurra por su extensión, de manera que disminuya la proporción de gas carbónico antes de chocar con la ginebra, y la remueve ligeramente. Exquisito y digno de repetir muchas veces.

jueves, 30 de septiembre de 2010


De restaurantes
Príncipe de Viana

Manuel de Falla, 5
Madrid

Distinción y buen comer
con un recetario tradicional de alta cocina


Comer en el Príncipe de Viana es ante todo reconfortante. Su cocina reconcilia el paladar con los productos vasco navarros de siempre y nos recuerda a los más aventureros, gastronómicamente hablando, que la cocina tradicional debe tener un sitio irremplazable en nuestra mesa.

La oferta de este restaurante, arropada con las innovaciones justas, consigue su toque de sofisticación en la nobleza del género, impecable desde cualquier punto de vista, y en un servicio de sala exclusivo prestado por auténticos y generosos anfitriones de la restauración, de esos que cada vez escasean más en las plazas gastronómicas de la ciudad. Entre ellos destacan, por su toque anacrónicamente añejo, sus camareras uniformadas con cofia, un jefe de sala impecable y una maître de esas de toda la vida que cuida, con mimo exacerbado, el confort de los comensales.

El local evoca un ambiente de lujo y de aire conservador. Atrae a una clientela de alto poder adquisitivo que acude a este santuario gastronómico de Madrid porque sabe y puede permitirse el disfrutar sobre manteles de hilo de las excelencias de Calidad, con mayúscula, por unos 90 a 100 euros por persona y con chaqueta y corbata, atuendo imprescindible.

Pese a que está de moda la gastronomía revolucionariamente creativa, Javier e Iñaki Oyarbide -hijos de los fundadores del restaurante, Jesús Oyarbide y Chelo Apalategui, también creadores del renombrado Zalacaín- , apuestan por la fórmula de siempre con aires revisados que concibe platos como su celebérrima menestra de verduras de Tudela, considerada la mejor de Madrid, carrillera de ternera, tournedós al vino tinto, bacalao al ajoarriero con langosta, rape con crema de patatas y aceite de oliva y otros en los que las verduras y los guisos de temporada abanderan sus reclamos.

Entre las entradas, insuperable el gazpacho al vinagre de jerez que se distingue por su cremosidad y grado de acidez. Sorprendente la ensalada de judías verdes tiernas y foie gras, presentada en una porción de láminas de vainas entrelazadas por las que se asoman las virutas de hígado de pato y que resulta refrescante y perfecta como primer plato. Fascinante el crujiente de salmón ahumado con patata, cuyas láminas de trigo a modo de oblea no solo determinan la presentación del plato sino que aportan un toque crepitante en el paladar. Pero absolutamente ineludibles a la hora de elegir, las croquetas de bacalao y gambas, una bendición de sabor y textura casi líquida por dentro, que hacen firmar un contrato vitalicio de visitas al restaurante.

Los platos principales mantienen la nobleza de los primeros. La merluza a la romana con pimientos rojos complementa la simplicidad de su receta con una maestría absoluta en la afinación de su rebozado y su cota de fritura. El secreto de cerdo ibérico con salmorejo, patata y rúcula resulta tierno y sabroso; las albóndigas de ternera y cerdo, todo un clásico del local, despuntan por la suntuosidad de su sabor y se acompañan de arroz blanco. Otras propuestas de la carta son el tartare de atún rojo cortado a cuchillo con aguacate y caviar, las alubias, la lengua de ternera con aceitunas, el pichón asado con salsa de licor de calvados y la ternera braseada al vino tinto, entre otras propuestas.

En la carta de postres, congruente con los platos principales, se encuentran dulces clásicos elaborados con una sobresaliente ejecución. Sin duda volvería a degustar la tatin de manzana -un tipo de tarta en la que la fruta caramelizada en mantequilla y azúcar se coloca debajo y la masa encima y se le da la vuelta sobre el plato cuando todavía está caliente-, pero tampoco desmerecen otros postres como la leche frita, los canutillos de crema pastelera o el arroz con leche.

Además del comedor principal en la primera planta, el Príncipe de Viana dispone de otra área en la planta baja denominada El Despacho de Príncipe de Viana, cuyo concepto se inspira en los bistrot, una fórmula de fraccionamiento para los llamados Business lunches, que triunfa en muchos restaurantes de renombre en las principales capitales del mundo.

Con precios más ajustados, ocho mesas, una apariencia algo más informal, El Despacho cuenta con una carta corta pero definida y se ha convertido en un punto de peregrinación a la hora de la comida. Entre sus platos más elogiados realza un menú degustación por 42 euros, la ensalada césar de perdiz en escabeche, el rape a la bilbaína con pimientos del piquillo, la crema de alubias rojas con panceta de ibérico y la sopa Echegárate (caldo cocido concentrado con tropezones de pan y chorizo).

jueves, 16 de septiembre de 2010



El ying y el yang en el paladar coreano

De restaurantes
Han Gang

Atocha, 94
Madrid

Se suele decir que la mejor garantía cuando se visita un restaurante de especialidades extranjeras es encontrar comensales del país en cuestión. La mayoría de los clientes del Han Gang son coreanos y por sus caras de felicidad no cabe la menor duda de que allí se sienten como en casa. Para el resto, supone un viaje apasionantemente placentero hacia una degustación diferente, que comparte algunos criterios de la comida china y japonesa pero que se presenta con personalidad propia, imponente, sorprendente y deliciosa.

El Han Gang es un restaurante relativamente pequeño, sencillo, con precios muy razonables -de 25 a 35 euros por comensal- que no hace ningún tipo de concesión a la decoración y que busca, con atino, que la atención se centre en la policromía de las especialidades que visten las mesas. El Hansik, como se llama a la comida coreana tradicional, se compone básicamente de arroz, fideos, sopas, guisos, carnes, pescados y verduras en los que la técnica de preparación, los condimentos y la presentación determinan la forma, el color y el sabor.

La cocina coreana tiene un principio básico: el equilibrio entre el ying y el yang de la filosofía oriental. Las fuerzas proactivas (el yang) están presentes en el toque picante de sus salsas, entre las que destaca la Gochujang, que se usa para condimentar y que estimula la garganta mucho más que la lengua, y las fuerzas inertes (el ying) se dejan sentir en sus arroces, fideos y sopas.

Para los coreanos los recipientes donde se sirven los alimentos y los utensilios que se utilizan para prepararlos y comerlos tienen tanta importancia como los ingredientes. Entre miles de curiosidades que se podrían destacar, cabe mencionar que sus palillos son de metal y no se usan para comer el arroz como en otros países asiáticos. Otro de los principios de su cocina es buscar la armonía, debe incluir en cada comida que se precie cinco sabores: salado, dulce, ácido, amargo y picante, y cinco colores: rojo, verde, amarillo, blanco y negro.

En la mesa coreana no hay primeros ni segundos. Se debe comer sin orden establecido ante una variedad de pequeños platos principales arropados por otros de acompañamiento, denominados panchan, que se comparten. La única excepción es el arroz y la sopa, que son personales, se colocan a la izquierda de cada comensal, y nunca deben faltar. Las especialidades fermentadas y en conserva son protagonistas, pero su verdadero centro neurálgico suele ser el Bul Go Gui, un brasero tradicional integrado al centro de la mesa, donde se cocinan carnes y vegetales.

Ante una carta ingente en propuestas, seguimos los consejos del camarero, que en un principio siente la tentación de sugerirnos platos aptos para paladares occidentales. Ante nuestra disposición absoluta a sentirnos como en Corea, el anfitrión cede y el resultado es sorprendentemente bueno. Comenzamos con Man du, empanadillas fritas en forma de media luna, hechas de masa fina de trigo y rellenas de carne y verdura. Crujientes y sustanciosas, mejoran aún más al empaparse ligeramente en una salsa de soja al estilo coreano que contiene una mezcla de vinagre suave de arroz.

La Miyuk Mu Chim, ensalada de algas y pepino aliñada con sésamo y vinagre de arroz, se asoma a la boca sabrosa y refrescante y sobre todo la prepara para el Kak Du Ki, nabo en salsa picante. Se trata de un clásico de la gastronomía coreana que los occidentales aman u odian y que a mí me sedujo por completo.

El Bul Go Gui, es otra elección que contrasta por la sencillez de su sabor y que se recibe divertida y deliciosa. Se trata de lonchas de ternera, ligeramente adobada con salsa de soja y azúcar, que se cocina junto a los vegetales que la acompañan en el brasero incrustado en la mesa. En Corea se suele servir con hojas de lechuga y pimentón, que se utilizan para envolver la carne al estilo de los rollitos vietnamitas, pero que en el Han Gang han decidido, no entiendo porqué, obviar.

El Kim Chi Bubo Bok Kum se consagra como lo mejor de la noche, a pesar de que nos resulta difícil elegir. Contiene el famoso Kimichi, uno de los platos populares de la gastronomía de ese país. En esta ocasión, la base es de col Napa frita y fermentada durante semanas en sal, ajo, jengibre, salsa de pescado, camarones secos, cebolleta, guindilla y rábano pero también se puede encontrar de otros vegetales. Nuestra elección se presenta mezclada con carne y acompañada de tofu. Su sabor algo agrio, es penetrante, adictivo y sabrosísimo. Además, este alimento que los coreanos comen incluso para desayunar, está considerado como unos de los más nutritivos y sanos del planeta.

Otro extraordinario descubrimiento ha sido los Bibim Neng Myun, tallarines de batata con salsa picante, uno de los platos más singulares en Corea del Norte. Consiste en fideos de pasta de batata, elaborados a mano, que se sirven con un aliño de gochujang (pasta de pimiento chile rojo). Debido a que los fideos tienden a ser largos, masticables y pegajosos, los camareros preguntan antes de servirlos si se desea que se corten con unas tijeras. También se comen en caldo frío, tanto en esta forma de preparación como la anterior, el contraste de sabores entre la batata y el picante se convierte en una experiencia estimulante que descubre dentro en el cielo del paladar una sinfonía de sensaciones inexploradas.

Imponente pero a la vez delicado, el sabor del Dolsot Bibim Bab, arroz con carne y verduras servido en el cuenco de piedra caliente donde se cocina. Según dicen los coreanos, una comida no está completa sin una sopa. Nos aventuramos a probar el Gukbab, un caldo con arroz y verduras, que además suelen servir de desayuno pero también como plato de acompañamiento. Algo desabrido en comparación con el resto de las especialidades, no me convenció demasiado aunque los expertos insisten en que es la combinación perfecta para contrarrestar la fuerza de los demás platos.

Otras opciones de la carta son: la famosa So Hyo Gu-i, lengua de ternera a la plancha; la Yuk Hwe, ternera cruda con salsa coreana; el Tok Bok Ki, pastel de arroz con salsa picante; una variedad interesante de pescados crudos con salsa picante; las Gal Bi Tang, costillas de ternera con caldo y las Je Mul Chun, tortillas de gambas y calamares, entre muchos otras.

Los coreanos no suelen comer postre, como mucho alguna pieza de fruta. No obstante, nos ofrecieron unas bolitas de maíz fritas caramelizadas con miel, correctas pero sin mucho que destacar. Regamos la comida con una botellita de Soju frío, una bebida con elevada graduación alcohólica que recuerda un poco al sake japonés pero es más fuerte. Se elabora con arroz, y en algunas ocasiones con bambú, tapioca, trigo, cebada o boniato y comulga acertadamente con la fuerza de la comida.

La oferta del Han Gang define perfectamente las bases de la cocina coreana: platos hervidos, guisados, escaldados, al vapor y escasamente fritos, en la que predominan las salsas picantes y los alimentos sometidos a sistemas de conservación como la fermentación, la salazón, etc. El resultado de esta experiencia ha sido un desafío gastronómico muy interesante que los sibaritas encontrarán irresistible y que me aventuro a augurar les invitará a repetir.